miércoles, 14 de enero de 2026

"EL MALO NUNCA SE CORRIJE".


En el largo periplo de mi vida, he escuchado esa frase anterior innumerables veces.


Por lo cual, es necesario hacer algunas consideraciones no semánticas, sino doctrinales sobre la cacareada expresión.


Afirmar radicalmente esa frase significa que el que cae en el error, nunca sale de ahí.


Significa que el hombre jamás recibe un llamado de su Consciencia Divina que produzca una Conmoción Interior, y con ella una profunda rectificación de sus transgresiones. 


Significa también que el error te condena de por vida, a la esclavitud eterna.


Y si así fuera, la misión del Cristo como Redentor y Salvador sería un rotundo fracaso. Y su poder contra el pecado no existiría. Lo cual obviamente no es cierto.

Todos los Estados democráticos del mundo consagran en sus sistemas judiciales, la pena restrictiva de libertad, la reeducación, y la reinserción al seno de la sociedad.


La reinserción al seno social es lo que prueba que el penado ha adquirido nuevas latitudes sociales, morales, espirituales que lo capacitan para vivir nuevamente en el tejido social, y cumplir sus leyes, preceptos, cánones y buenas costumbres sin ser discriminado. Es decir, en plenitud de condiciones.


Si las cárceles, de verdad, abordan la reeducación con profesionalismo y objetividad, entonces la reinserción social, laboral, familiar, ética y moral, sería asertiva, y se entregaría a la sociedad "un hombre nuevo", del que habló Pablo, apóstol. Un ciudadano honorable, respetuoso y respetado. 


El plan divino incluyó la desobediencia, la falta y el error como ingredientes para el crecimiento y despertar de la Consciencia. Por esa razón, hemos afirmado que hasta el pecado era necesario para aprender el camino de vuelta al Todopoderoso.


Sin caída no hay ascensión. Sin luz no hay tinieblas. Blanco y negro son las fichas del juego divino. Por eso, el apóstol Pablo, afirma que "solamente subió al cielo, el que bajó del cielo", en una sabia referencia al Cristo, nuestro Señor y Salvador.

El mismo Pablo es magnífico ejemplo de pecador y de reeducación. Porque si algo tiene el Cristo es que su enseñanza, su mensaje es Transformador. Es el mensaje que junta la tierra con el cielo. El mensaje que transforma al hombre de humano y terrenal, en Ángel y Señor de toda la Creación, en amo de la Eternidad. 


En todo caminante de la senda del Cristo, es indispensable que se produzca una Conmoción, un acto de real y verdadera Contricción que remueva los cimientos de nuestra Consciencia para redireccionar nuestra vida.


Es el mensaje del Cristo el que produce esa Conmoción y transforma nuestra conducta, nuestro pensamiento, nuestro vocabulario, nuestra actitud hacia la vida y hacia nuestro semejante. En una palabra, el mensaje del Cristo mejora las relaciones con el Creador y la Creación entera. 


El mensaje del Cristo regenera nuestra vida cuando hacemos realidad la palabra, el Verbo de Dios y lo convertimos en obra. No aquel que es pura apariencia y vanidad. Por tal razón, el Cristo dijo: "Este pueblo me ama con su boca, pero su corazón está lejos de mí". 


El malo que tocado por el mensaje divino, abandona sus caminos, es bendito entre todos los hombres porque ha rectificado su maldad y ha cumplido aquel precepto que dice: "Hay más alegría en los cielos por un pecador arrepentido que entre al Reino de los cielos, que por mil justos que no necesiten de ello".

Es claro y manifiesto que la palabra del Cristo da vida y resucita hasta los muertos. Lázaro es su ejemplo más glorioso. Y Lázaro no es Lázaro. Lázaro es toda la humanidad que necesita la palabra del Cristo para resucitar, para tener vida de verdad. 


El malo no es malo en si mismo, lo que está es ausente de su Dios, de su Cristo. Permanece con oídos sordos, pero en cuanto reciba el mensaje del Cristo en su corazón, resucitará para Gloria del Señor y de su Divina Creación. 


La misericordia de Dios es más grande que todas sus obras. 

Que Dios nos bendiga y guarde.

Que Dios nos permita ver su rostro y tenga misericordia de nosotros.

Amén. Amén. Amén.

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